Muchas veces no hacemos gran parte de las cosas que nos apetecen, por ese miedo ridículo pero poderoso, que nos entra en determinadas circunstancias de la vida.
No vamos a una fiesta por el miedo al que dirán de nuestro atuendo, si no es lo suficientemente elegante, no conocemos a ese chico que nos llama la atención en la tienda del barrio, porque no somos capaces de pedirle la vez.
En la vida el tener miedo parece que nos hace en más de una ocasión el que nos perdamos cosas que luego realmente merecen la pena...el dejar de hacer algo por el que dirán, eso si que es una carga pesada...
Es como esas parejas que ya no están realmente enamoradas como el primer día y uno de los dos conoce a otra persona pero claro, como no, tiene miedo de afrontar la nueva realidad, la nueva situación y claro, por supuesto, el que dirán todos y cada uno de los que no se ven afectados de primera mano pero que por supuesto siempre están ahí para opinar.
El miedo a las comparaciones, es también odioso, eso de tu hermano es más alto, más inteligente, tiene un mejor trabajo, o ese vecino tuyo que fíjate, nadie daba un duro por él y resulta que a día de hoy es ese chico molón que ves por la calle forrado con una novia impresionante y que le va todo de lujo.
Es por ello que debemos de afrontar las situaciones como vienen y a pesar del miedo pensar con cabeza y decidir que es lo que más nos conviene y sobre todo que es lo que realmente nos hace feliz y si por ello no contentamos al resto, ya se sabe, en la vida no se vive para contentar a los demás sino para contentarse a uno mismo.
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