miércoles, 27 de noviembre de 2013

27.11.2004

Hace ya nueve años que una joven, ilusionada y enamorada mujercita se casaba con los nervios propios de toda novia el día de su boda...

Miro tiempo atrás, me parece que ha pasado un siglo de aquello...aquel domingo hacía un sol espectacular para la fecha en la que estábamos, recuerdo la suerte que tuvimos, ya el día siguiente llovió...

Salí de casa de mis padres vestida para la ocasión, blanca y radiante, no iba a ser menos que cualquier otra novia, con mi orquídea en la mano y sin velo, que no me veía yo con aquél accesorio, no, no, no...

El enclave no podía ser otro que en la ermita del Cristo del Pardo, un lugar mágico para mi, por mis vivencias de la niñez, juventud y de ya como madre y esposa...el viaje en coche hacía mi nueva vida fue de lo más entretenido, ver como la gente te saluda en esas circunstancias, sintiéndose cual actriz de los años veinte por aquello de lo clásico del atuendo y lo viejo que debes llevar contigo, propio de la tradición...

Siempre se dice aquello de que cuando uno se casa es para toda la vida, llegan los hijos, las peleas, las diferencias propias del uno con el otro, los problemas laborales, pero se dice que si de verdad hay amor todo eso queda en pequeñas nimiedades...

Quiero pensar que cuando nos casamos las personas no lo hacemos en balde, pero que con el paso de los años ese amor o se aviva o se rompe y es muy triste que algo así suceda...el matrimonio es cosa de dos y no hay que dejar que los elementos externos que convivan con la pareja destruyan lo que un día se gestó como algo que se supone es para siempre...

Hoy con el paso de los años, las vivencias, anécdotas y una hija nacida de ese amor voy a luchar con uñas y dientes para no caer en la indiferencia, en la rutina y el conformismo e intentar que la ilusión de esa ingenua jovencita que existió nueve años atrás vuelva con fuerza para mantenerse a flote en este viaje propio que es el matrimonio.