sábado, 17 de septiembre de 2016

Microrrelato

La casa estaba frente a la playa, donde siempre había estado y donde ella se sentía libre.

En pocos días llegaba el otoño y el olor del mar cambiaba, era más limpio, los olores a cremas, aceites y demás ungüentos que los turistas usaban en fechas anteriores habían quedado atrás y ahora el mar olía a sal y a ella le encantaba.

Paseaba descalza por la arena de la playa y miraba desde la orilla la que siempre había sido su casa y sonreía pensando que en unos días él iba a estar ahí.

Hacía más de un año que no se veían pero sabía que eso no había cambiado nada entre los dos. Pesaba más la relación que les unía durante todos esos años que habían compartido juntos que los últimos acontecimientos que les habían llevado a vivir separados por aquello de las inquietudes de Julieta de involucrarse con la ong de su amiga y viajar para intentar solucionar los problemas de aquellos que por las circunstancias no tenían lo mínimo para sobrevivir.

Había sido una experiencia muy enriquecedora para ella y estaba deseando contárselo todo.

Él por su parte, que tampoco podía estar quieto, aprovechó para sacarse unos estudios relacionados con el mundo de la enfermería y había estado haciendo unas prácticas en un hospital de Pontevedra.

El momento del reencuentro estaba más que justificado, Julieta acababa de perder a su marido y su compañero de batallas estaba ahí para darla todo el amor, el cariño y la compañía que necesitase. Siempre habían bromeado que si ella algún día se quedaba sola él pasaría el resto de su vida a su lado y cuando Julieta recibió la noticia del fallecimiento de David no lo pensó dos veces.

Cogió un par de vestidos, unas sandalias y algunas mudas y se fue directamente hacia la casa que siempre le había pertenecido tras perder a sus padres. Él supo lo sucedido y pasó doce horas conduciendo para estar junto a ella.

Julieta notaba cercana su llegada y se acercó hacia la carretera que llevaba hasta la casa y cuando le vio no pudo evitar que las lágrimas empañaran su mirada pero supo que desde entonces sería feliz y que no volvería a salir de ese entorno que siempre la había dado la fortaleza y la felicidad que le proporcionaba el mar y el amor de verdad.

Noches en vela

Cuando el calor se apodera de la noche y la cena ha sido bastante copiosa, el resultado en la mayoría de los casos es de levantarte a mitad de la noche y comprobar que no habías dado al botón de encendido y habias dejado la lavadora a medio poner y quedarte ya pendiente de que comience a trabajar y hasta que no ves al tambor de la misma girar cual rueda de molino no te quedas tranquila, o al menos en mi caso.

Ya que aprovechas para quedarte leyendo ese libro que por su grosor y por aquello de que no está en tu idioma de origen sabes que te va a acompañar durante el próximo otoño te pones también a pensar en eso de porqué estoy aquí.

Será quizás por aquello de que la sal de frutas empieza a hacer efecto, o simplemente por el hecho de que ya te has desvelado pero decides acercarte al cuarto de tu hija y ver que está totalmente dormida y que está bien. En tu habitación vislumbras una sombra de casi dos metros empapada en sudor y recuerdas lo mal que lleva su padre el calor y decides dejarle dormido.

Ya en el salón y tras haber cerrado la puerta del pasillo, piensas en que rápido ha pasado todo, como hace nada eras tú la que dormía y podías sentir la visita a pies puntillas de tu madre que venía a darte un último beso antes de irse a dormir.

Los años pasan volando y cada día que estamos aquí es de agradecer, siempre he pensado que cada uno tenemos nuestra función en la vida, ser padres, amigos, amantes, vecinos...

Cada uno con sus circunstancias ha llegado y ha obtenido lo que tiene y por ello hay que desarrollar los mecanismos necesarios para que nuestro compromiso con los que nos rodean vayan a más, que nuestro quehacer sea provechoso y conseguir que al irnos a dormir cada día nos podamos sentir orgullosos de nuestra labor en la vida.

A veces no puedo evitar pensar que hubiese sido de mí en otras circunstancias, si hubiese tomado otras decisiones, creo que todos en algún momento lo hemos pensado y sin duda la duda la tendremos ahí siempre, pero si hemos llegado hasta aquí sigamos adelante pensando que hemos tomado la mejor opción y que quizá más adelante podamos ver que hubiese sido de nosotros en otras circunstancias.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Pie egipcio

Pues sí ya de vuelta a la rutina y en días grises donde la lluvia hace acto de presencia hace que me dé por la lectura, y en esto que ha caído en mis manos un texto sobre lo que dicen los pies sobre las personas.

Vale para algunos una tontería, lose, pero en esto que recostada en el inmenso sofá rojo del salón me percato en la forma de mi pie derecho y me doy cuenta que lo que dice mi pie derecho en ese texto acerca de la forma de mi pie encaja a la perfección con mi perfil y me quedo con cara de no puede ser.

Clásico pie de personas idealistas y soñadoras, que cuidan de su intimidad y son más bien reservados, llenos de secretos y con tendencia a escapar de la realidad que cambian de ánimo fácilmente , impulsivos y rebeldes.

El dedo índice de mi pie derecho siempre ha sido el protagonista de mi pie, es el más largo, el más estilizado y el que caracteriza mi forma de caminar...y sin saberlo, es el que también hace que los rasgos más característicos de mi personalidad salgan a la luz, cada vez que voy descalza o en sandalias, mostrando a todo el que se cruza en mi camino mis virtudes y defectos que hacen que junto a mis acontecimientos vividos me hagan ser la persona que soy hoy.

Después de esto, cómo no me iba a gustar tanto lo que es la egiptología!