Hoy es uno de esos días del invierno donde el viento sopla con fuerza, con tal virulencia que ni la doble ventana del salón permite enmudecer su sonido.
Desde lejos se ven los árboles, enormes, altos desprovistos de sus hojas que les hacen vulnerables y tan frágiles que ese viento del este les azota de tal manera que algunos de ellos caen al suelo partidos en dos como un corazón roto.
Viento del este, cantaba un joven deshollinador hace muchos años en esa película que todos conocemos, y yo no dejo de ser la niña que fui y no dejo de mirar al cielo y pensar por donde aparecerá esa niñera y su paraguas que todo lo solucionaba con su magia y su dulzura con su poco de azúcar.
Cuando dejo de soñar entre las nubes y poso mis pies en el suelo firme me doy cuenta que en el día a día todos debemos realizar nuestras tareas con esa dulzura edulcorada que hay en cada una de nuestras vidas y que poco a poco ese viento que nos incomoda al caminar en días como el de hoy es sólo un ente atmosférico al que no debemos de molestar, al que debemos enfrentarnos con la cabeza bien alta y que por mucho que nos despeine la melena no nos va a impedir ir más allá y que luchemos por nuestro objetivo del día, lograr que con lo que tenemos no se nos borre la sonrisa de nuestros labios.
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