Cuando con 34 años me diagnosticaron una espondilolisis anquilosante con una rotura severa en el canal, se me vino el mundo encima.
Es una enfermedad, de esas que llaman raras y de las que nadie se preocupa, porque afecta a poca gente en la sociedad, dolor de espalda, en mi caso, en la zona lumbar izquierda, que baja por la pierna hasta dejar casi entumecida los dedos del pie.
Siempre había estado mal de la espalda, estuve exenta en gimnasia en el colegio, no podía hacer deporte, y con el paso del tiempo, a pesar de haber sido operada, la escoliosis que me salió con 11 años, derivó en algo peor.
Montar en moto, a caballo, hacer esfuerzos, no coger peso, no puedo estar sentada mucho tiempo seguido, ni tampoco estar en pie,son algunas de las cosas que no puedo hacer, algunas limitaciones que pueden hacer que me sienta mal en algunas ocasiones.
A ello añadir, dos hernias discales en la zona lumbar, de las que no pueden operarme, al menos con las garantías mínimas, donde después de haber sido revisada por médicos públicos y privados, resonancias magnéticas, varios TAC, radiografías durante varios años ha concluido todo en que por bajas médicas por dolores de espalda tremendos, la empresa en la que trabajé durante casi 10 años, me deja en la calle, mi medica de cabecera y la medica de mi empresa me derivan a pedir una incapacidad laboral, tras pasar por una serie de tramites burocráticos y a pesar de que el tribunal reconozca mi dolencia, no hay dinero para concederme una pensión por incapacidad permanente, así pues toca parar.
A día de hoy con 36 años, sigo mi lucha diaria, fisioterapia, ejercicios de rehabilitación, caminando mucho y dando gracias por poder seguir adelante, camino con cautela por la vida, por los que me quieren y esperando que esta dolencia degenerativa y crónica me deje al menos mantenerme en pie, hasta que mi hija sea mayor y pueda valerse por si misma.
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